Otro Invierno
en Palencia
Vivo en el país de los ratones
impregnado de veneno mesetario
donde alardean impasibles las rotondas
y los abrigos asesinos
a la salida de misa de San Pablo.
Aquí el frío del norte penetra hasta los
huesos
cuando sopla del cerro del Cristo con inusitada envidia.
Y no es frío lo que hiere,
sino esas voces ausentes,
las alargadas sombras de las pérfidas esquinas,
ese caminar cansino de peatones tristes,
derrotados,
como pidiendo perdón por existir.
Resuenan los pasos en los soportales
como campanas que tocan a muerto
en la noche,
apenas arropada por tímidos neones
y escurridizos truhanes de tres al cuarto
que agonizan de tedio
detrás de la barra de cualquier bar de putas.
Así que mientras fuera
las aceras se retiran hasta el alba,
pendientes de un astro nuevo
oteamos
las pálidas luciernagas del alma,
porque es llegado el momento
preciso
y necesario,
de restregar las heridas como antiguas cicatrices
y hacer acopio de sustancias ilegales,
en previsión de otra nueva “Operación
Primavera”.
Febrero 2002
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