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La leyenda de la cueva de San
Antolín
Hay en Castilla una ciudad llamada Palencia
en la que hace muchos, muchísimos años sucedió
lo que os vamos a relatar.
Palencia había sido una pequeña ciudad a orillas
del río Carrión que, según se cuenta,
era considerada de las más antiguas y memorables de
Hispania y que los romanos llamaban Pallantia. Sus habitantes
se dedicaban al laboreo de los campos y al cultivo de fértiles
huertos que se alineaban, como pequeños jardines, a
las márgenes del río.
Estas gentes sencillas, un día vieron con horror, cómo
sobre su pequeña ciudad caían avasalladoras
las hordas bárbaras.
No quedó piedra sobre piedra. Las casas fueron saqueadas,
sus campos arrasados y sus habitantes, o muertos o hechos
prisioneros.
Pasaron los años y, poco a poco, la maleza se fue apropiando
de las plazas y callejuelas hasta que la frondosidad de los
bosques, que surgieron a orillas del Carrión, borraron
casi por completo su huella.
Aquel pequeño oasis en medio de la vasta llanura castellana,
se convirtió en paraiso para no pocos animales salvajes
que tranquilarnente pasaban sus dias sin temor a que algún
valiente cazador se atreviera turbar su paz y reposo.
Pero he aquí que de pronto, un atardecer, unos guerreros,
que atravesaban aquellos parajes, deciden acampar; y en una
de sus tiendas, D. Sancho el Mayor, rey de Navarra, fatigado
por el largo y agotador viaje, descansa.
Al amanecer del día siguiente, atraído por el
agreste paisaje que se ofrecía a sus ojos y sabiendo
que podía encontrar abundante caza en esos bosques,
el rey, que era experto cazador y gustaba, siempre que le
era posible, ejercitar la montería, decide, con algunos
de sus hombres, salir a cazar.
Después de cabalgar un buen rato, ante su vista aparece
un hermoso jabalí y el rey sin dudarlo un instante
se lanza a su caza.
El jabalí, asustado por la presencia del jinete, escapa
por entre los matorrales; pero el rey no estaba decidido a
renunciar a tan hermoso ejemplar; enfurecido lo persigue y
dispara una y otra vez su venablo contra la bestia, hasta
que el animal, al sentirse acosado, se refugia en una cueva
semioculta entre los espinos.
El monarca titubea un instante con miedo a encontrarse en
el interior de la gruta, a oscuras, cara a cara con la fiera;
pero el deseo de cobrar esa pieza es más fuerte que
su propio temor y, olvidándose del riesgo que puede
correr ante el enfurecido y herido animal, sin pensarlo más,
entra en lo que él piensa que es la guarida del jabalí.
Una vez en el interior, sus ojos, acostumbrados a la luz del
sol, no aciertan a ver nada y el rey tiembla al oir la respiración
jadeante de la bestia, que parece estar escondida a la espera
de una oportunidad para asestar a su cazador un golpe mortal.
Por fin, comienzan a disiparse las tinieblas y las formas
cada vez se hacen más claras. El jabalí está
allí, sin escapatoria posible; Don Sancho tensa su
venablo y ya está dispuesto a disparar cuando, horrorizado,
siente que tiene el brazo paralizado y que las fuerzas le
flaquean, un sudor frio resbala por su frente, todo su cuerpo
se estremece preso de un temor desconocido que lo sacude;
con la vista recorre una y otra vez el interior de la cueva,
tratando de encontrar otra salida o al menos un refugio seguro
y así escapar de una muerte cierta; pero todo su esfuerzo
es en vano.
Cuando ya todo lo cree perdido y casi está resignado
a su suerte, un rayo de luz, que penetra por una hendidura
de la pared, ilumina una pequeña imagen que él
reconoce como de San Antonio, hoy llamado San Antolín,
patrono de la ciudad, cuyos milagros y virtudes eran muy conocidos
por el rey.
No había duda; aquello era una ermita dedicada al mártir
y él, sin saberlo, la había profanado. Comprendió
que cuanto le estaba sucediendo era castigo divino por tratar
de matar en aquel lugar sagrado a una fiera que se había
cobijado bajo la protección del santo.
Entonces el rey suplicó la protección divina.
Cayó de rodillas y pidió a San Antonio la curación
del brazo; y para que su súplica fuese efectiva, le
prometió a cambio, erigirle un templo en aquel mismo
lugar como desagravio y reedificar la ciudad destruida, para
que así sus habitantes pudieran honrarlo y venerarlo
por los siglos de los siglos.
Absorto en sus oraciones, no notó la presencia de sus
guerreros, que preocupados lo habían estado buscando
y que por fin, acababan de dar con él. El rey se alegró
al verlos y aún más al descubrir que las fuerzas
y vigor perdidos, habían regresado a su brazo, pensando
que San Antolín había escuchado sus ruegos.
Don Sancho relató a sus gentes lo que le había
sucedido y les encargó que divulgasen el prodigio para
mayor honra del santo. No mucho después, en cumplimiento
de su voto, reconstruyó y repobló la ciudad
de Palencia y en aquel mismo lugar donde se realizó
el milagro, erigió un pequeño templo cuyos restos
hoy pueden contemplarse en el fondo de lo que los palentinos
llaman "la cueva de San Antolín".
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