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Leyenda de la mano del escribano
Vivía
en Astudillo, en el siglo XIV, un escribano famoso por su
maldad. Había engañado astutamente a muchos
vecinos del pueblo, pero como era un hombre poderoso y culto
nadie sabía cómo defenderse de sus atropellos.
Uno de los perjudicados por este hombre era Alfonso Castro.
El escribano había vendido una de sus tierras falsificando
la escritura. El pobre Alfonso se había quedado sin
la tierra en la que sembraba cebada para alimentar a sus animales,
mientras el dinero de la venta había ido a parar a
las arcas del escribano.
Estaba nuestro campesino sentado tras la ventana de su casa,
con la frente apoyada en su mano, pensando en su desgracia,
cuando oyó ruido en la calle: eran gritos de los vecinos
que saludaban la llegada del rey. Entonces se acercó
a Alfonso su hijo pequeño y le preguntó:
- Padre, ¿quién es ese hombre a quien saludan
todos?
- Es el rey, hijo mío. Don Pedro I de Castilla.
- Y ¿qué es un rey?, dijo el niño.
- Hijo, yo creo que es un hombre que gobierna y ayuda a todos
procurando hacer lo que es justo.
- Si es así, debes ir a contar al rey lo que el escribano
nos hace a todos, padre. El tiene que saberlo.
Alfonso pensó que, a pesar de ser un niño tan
pequeño, su hijo tenía razón, y al día
siguiente fue al palacio del rey y pidió que lo recibiera.
Oyó el rey las quejas del pobre hombre y de otros más
que se le unieron y mirándoles a los ojos comprendió
que no mentían. Mandó llamar entonces al escribano,
y cuando estuvo éste en palacio lo llevó junto
al brocal de un pozo.
- Asómate, dijo. ¿Qué ves dentro del
pozo?
El escribano se asomó y vió
una naranja que flotaba sobre el agua.
- Veo una naranja, mi rey y señor, dijo con voz aduladora.
Llamó entonces el rey a su escribano real y le dijo:
- ¿Qué ves tú dentro de este pozo?
El escribano del rey, que era honrado, pidió una escala
y bajó hasta el agua, cogió la naranja y subió
hasta donde estaban el rey y todos los demás hombres.
- Era media naranja flotando boca abajo, señor.
- El asombro se reflejó en la mirada del mal escribano.
El rey se quedó pensativo un rato y luego dijo con
voz serena:
- Un escribano tiene que dar fe de lo que vé. Lo que
él afirme no sólo debe parecer cierto, tiene
que ser cierto, y para esto él debe asegurarse de que
todas las cosas son tal y como él las declara y firma.
Veo que tú no eres un buen escribano, haces juicios
a la ligera y has firmado documentos falsos. Para que esto
no vuelva a ocurrir te condeno a que te sea cortada esa mano
con la que has firmado tantos papeles dañosos.
Y llamando a su ballestero real le ordenó que cumpliera
la sentencia.
La noticia del hecho se difundió rápidamente
por toda la comarca y por todo el reino. Y la fama del rey
que impartía justicia de modo tan peculiar traspasó
todas las fronteras.
El rey Pedro I de Castilla ha pasado a la historia con dos
adjetivos junto a su nombre: unos le llaman "El Cruel",
otros "El Justiciero". A vosotros os toca pensar
cuál de los dos le acomoda más; y así
desde ahora podréis llamarlo "El Justiciero",
si os parece que obró como un rey justo. Pero si pensais
que la sentencia no estuvo bien dictada lo llamaréis
"El Cruel".
Por su parte, las gentes de Astudillo han guardado fiel memoria
de esta historia y los padres, durante generaciones y generaciones,
se la han contado a sus hijos como ejemplo. En el escudo que
adorna una de las casas más nobles de la villa aparece
la mano que dió origen a la leyenda. El pueblo piensa
que allí fue ejecutada la sentencia. Vosotros, cuando
vayáis a Astudillo, id mirando en los muchos escudos
que tienen las casas antiguas hasta que encontréis
"la mano del escribano".
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